El pasaje San Lorenzo un miércoles al mediodía está simplemente vacío. Se puede escuchar el aleteo de las palomas; se puede escuchar a alguien silbar; se escucha, cada tanto, un auto que cruza, sin detenerse, por Balcarce.
El pasaje está vacío. Es un pedazo de San Telmo viejo y su cansancio sale a relucir cuando lo único que lo recorre es el viento.
Pero el sábado pasado el elemento predominante en este pasaje era el fuego. Y las palomas huían asustadas, porque en el pasaje una pequeña multitud esperaba alrededor de cada fogata. Y no se escuchaban los autos pasar, porque cada uno tenía un tambor, y estaba ansioso por hacerlo sonar. Ansioso por plantarse hasta las rodillas, en el empedrado de la calle defensa. Ansioso por avanzar contra el tiempo, y por despertar a los fantasmas con su tambor.
Yo toqué candombe por primera vez en una llamada este sábado y aquí estoy cuatro días después, intentando comprender, lo que ese día solo podía sentir.
Nos formamos, toda la comparsa, entre San Lorenzo e independencia. El aire vibraba. Los nuevos, los que salíamos a la calle por primera vez, éramos una corriente continua de emociones. Nervios, incertidumbres, ansiedades, dudas. Latiendo debajo de todo eso, sin embargo, una alegría serena y un furor desbordante, esperando cada uno su momento. Y el momento del furor llegó, no tanto cuando empezamos a tocar, sino cuando empezamos a avanzar. Cruzar independencia era cruzar la línea de partida. Ya estábamos en la llamada y a nuestro alrededor, en los techos, en las veredas, la gente nos seguía, nos miraba, nos alentaba y bailaba.
Hoy miércoles, miro hacia delante y veo la calle Defensa. El sábado cuando levantaba la vista veía nuestras banderas, abriendo y señalando el camino.
Este miércoles cualquiera levanto la vista y veo una calle colorida, llena de vidrieras… diseñadores de ropa, artesanías de exportación, antigüedades, consultorios parapsicológicos, zapaterías. Todas cosas que el sábado no importaban o no existían, porque entre las vidrieras y yo había varias líneas de gente y una muralla de candombe.
Bajo la vista y vuelvo al empedrado. Ese empedrado que se ondula suavemente, como si fuera de agua, siguiendo con precisión las huellas, ya casi ancestrales, de los colectivos. Ese suave ondular sí que me resulta conocido. Ese fue mi camino, y por entre esas ondas tuve que aprender a avanzar y tocar. Y no fue fácil, los fantasmas de otros tiempos, de los tambores que vinieron antes, se divierten con los adoquines, y ponen a prueba al tocador novato. Porque no tendría gracia llegar hasta el final si fuera fácil, se dicen. Por eso, en defensa al 1000, la calle se abre al medio. El rey de todos los pozos espera para devorarnos los tobillos. Y cada uno elige sortearlo como puede. Los veteranos de muchas llamadas simplemente lo pasan por arriba, cual si fueran una cuatro por cuatro. Nosotros los novatos bajamos a la madera, para que la clave nos sostenga, y damos cuidadosos pasitos y saltitos, y alguno de nosotros parece que va a caerse; pero cuando se sale a tocar se tiene siempre al lado a un hermano, listo para atraparnos cuando nos ve tambalear.
Así avanzamos todos juntos, dejamos atrás las casas de antigüedades, dejamos atrás la plaza Dorrego, hoy poblada de gente en parsimonioso almuerzo; dejamos atrás la avenida San Juan.
Y entonces, de repente, sin previo aviso, el candombe cambia. La cuerda se vuelve una bola impenetrable de sonido, y la comparsa no avanza, más bien rueda, por unos metros. Es el puente de la autopista. Todo se amplifica y rebota de las maneras más extrañas por entre sus pilares de cemento. Y por unos metros, el tambor cambia su sonido.
Pero el puente es una señal de que se está cerca, así como el gran gomero de Cochabamba, que extiende sus ramas por sobre la calle, prometiendo a los tocadores, que a esta altura ya empezamos a sentir el rigor de las cuadras caminadas, que tan solo falta un poquito más, un último esfuerzo.
Y se da ese último esfuerzo. A la sombra del gomero, cuando uno toma conciencia de que se va a llegando al final, se levantan los brazos y se sacuden los tambores como nunca, porque todo lo que queda hay que dejarlo en esas dos cuadras. Las últimas dos cuadras con nuestras banderas delante y nuestra gente alrededor, las últimas dos cuadras para el furor, hasta el año que viene, cuando los tambores vuelvan a llamar.
Así llegamos hasta el parque Lezama y, a la vista de su monumento, soltamos lo último que nos queda y paramos de tocar.
Es el momento de la serena alegría. Porque la alegría de haber llegado es el mejor bálsamo contra las ampollas, las hinchazones, las contracturas. Porque el cuerpo duele distinto, cuando cada dolor es motivo de orgullo. Y porque puede ser que nos duelan todos los músculos por el agotamiento, sí. Todos menos uno.
Llegados a parque Lezama, el corazón…
El corazón late contento, al ritmo de la clave de son.
Miércoles 10 de Diciembre, 12:30 Hs. |