El hombre observa ajeno el paisaje recurrente:
Un colage de papel y aerosol sobre las paredes les cuenta a los transeúntes
que María y Javier se aman, que la lista 13 es la mejor opción
para la ciudad, y un sin fin de campañas publicitarias aseguran
la felicidad y completud a quienes consuman sus productos.
A lo lejos, los postes de luz se elevan, sosteniendo una guirnalda
de cables enmarañados y cientos de palomas encuentran allí su remanso.
Las torres apiladas se disputan un lugar preponderante en el cielo,
mientras un semáforo se apaga y se enciende el colapso.
Los peatones avanzan impacientes, pero el hombre agobiado retrocede.
Busca entre sus pertenencias uno de los objetos más preciados, se sienta
al pie de una fuente seca pero desbordada de sueños valuados en monedas.
Respira profundo y trata de recordar donde quedaron los suyos. Cierra
los ojos, y como invocándolos, deja caer sus pesadas manos sobre el
tambor una y otra vez.
Al levantar su mirada descubre que la masa lo rodea contorsionándose
al son del djembé, como si se tratara de un extraño ritual. Las baldosas
se van desintegrando en una especie de tierra colorada, los postes
rígidos adquieren una dulce curvatura y, en los extremos, follaje de
palmeras. Las torres se desdibujan hasta transformarse en verdes montañas.
El sol se esconde entre ellas y su luz es reemplazada por un destellante
fogón para continuar la extraña ceremonia.
Gabriela Feijóo Dubarry
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