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Tres semicorcheas y un silencio


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Le habían quitado su música. Habían hecho astillas su violín frente a sus ojos. Y no había sido más que un descuido de un soldado que no sabía siquiera lo que había hecho. Porque no era más que un soldado y pensaba que aprisionar a alguien era simplemente encerrarlo. Para él, caminar sobre las astillas de su violín era mucho peor que atravesar los portones de alambres de púa. Por eso, cuando el oficial le preguntó cuál había sido su profesión no respondió nada. Eso al oficial de turno no le pareció mal. A fin de cuentas, para él no era nadie, y era normal que alguien que no era nadie no fuera nada tampoco. Y así, en la nada, transcurrían sus días. En un vacío denso, lleno de la espera por la muerte. Porque sabía que no había más que esperar. Había muerto su violín, había muerto su música, no quedaba  más que esperar que muriera la cáscara vacía que era su cuerpo.
A su alrededor, los otros prisioneros esperaban lo mismo con una actitud parecida. A su manera cada uno había perdido sus motivos para vivir. Eran simplemente cadáveres que caminaban.
Para él no había diferencia entre estar dormido o despierto, con lo cual no fue una gran coincidencia que estuviera despierto para escuchar el golpeteo.  No podía ubicar de donde venia, pero era un sonido repetitivo, casi autista, apenas metálico y agudo. Cuantas veces lo habría escuchado antes y por qué justo esa noche lo registró es un misterio. Lo cierto es que al rato se dijo a sí mismo, en un susurro apenas audible, las primeras palabras que había dicho en meses.
- Tres semicorcheas y un silencio, también de semicorchea.
Y en ese silencio de semicorchea, tímidamente, golpeó la pata hueca de su camastro.  El golpeteo se detuvo.
A la mañana siguiente sintió ansiedad por primera vez en meses. Miraba a todos sus compañeros de encierro con una pregunta en sus ojos, pero ninguno parecía responder. El día se le esfumó de entre los dedos y antes de lo que hubiera creído posible se encontraba nuevamente en su camastro. A la espera, sí, pero a la espera de un sonido.
El golpeteo, sin embargo, no llegaba, y no pudo contenerse más. Al igual que  la noche anterior, golpeó la pata de su camastro.
Nada.
Pero ya no tenía nada que perder, así, pues, volvió a intentar. Y lo intentó nuevamente. Y otra vez. Y una quinta. Entonces recibió una respuesta. No era el mismo golpeteo, ni siquiera venía del mismo lugar. Era un sonido más apagado, como de una mano golpeando madera.
- Dos corcheas -pensó-¿Será la misma persona?
No importaba, era una respuesta. Entre los dos mantuvieron esa comunicación, ese ritmo. Entre los dos hicieron música.
Esa noche durmió como no lo había hecho desde su llegada. A la mañana siguiente bastó con levantarse y salir a la luz para descubrir quién había sido su partenaire. A diferencia de la primera noche esta vez había dos personas que se buscaban, y entre el resto de los prisioneros, muertos en vida, tener algo que buscar y encontrar era como llevar un cartel en la espalda.
Se vieron, se reconocieron, pero no tuvieron siquiera la fuerza de sonreírse. La sonrisa era algo que reservaban para la noche, cuando en la oscuridad se respondieran el uno al otro.
Pero esa noche hubo un tercer sonido. Y la noche siguiente un cuarto y un quinto. Y todas las mañanas había alguien más que se reconocía y reconocía a otro. Y la melodía echa de golpes, de manos, pies y cacharros, se volvía cada vez más compleja, cada vez más bella.
No pasó mucho antes de que los prisioneros comenzaran a hablar entre sí. No pasó mucho antes de que comenzaran a sonreírse. Pronto hasta comenzaron a soñar con su libertad perdida. Fue apenas un paso entre soñar con la libertad e intentar un escape.  Fue una noche brillante en la que la pata del camastro sirvió como señal de partida. Varios de ellos lograron salir del campo y algunos hasta volvieron con sus familias.
El mando del campo de prisioneros, en busca de un culpable del escape castigó severamente a todos los guardias de turno esa noche. El cabo Jürgen Klimstock no lo estaba, pero aún así pasó días sin poder contener un mal habito que tenía cuando se ponía nervioso o se aburría.  En esas situaciones, su mano parecía tomar vida propia y sin que el soldado se diera cuenta siquiera, comenzaba un rítmico golpeteo que cualquier músico podría haber descripto como tres semicorcheas y un silencio, también de semicorchea.


 

 

 

 

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